UN JUSTICIERO LLAMADO EL COYOTE
por
Armando Boix

Cuando a finales de los años 40 el Índex de Editores de la UNESCO daba cuenta de los autores españoles más traducidos, muchos intelectuales bien pensantes se debieron llevar las manos a la cabeza al constatar que tras Cervantes no venía Lope, Quevedo o Calderón, sino un modesto creador de novelas del oeste al que, sin duda, no habrían dedicado nunca una mirada que no fuera de menosprecio. Ese escritor se llamaba José Mallorquí.
En aquella época su serie más popular, El Coyote, se publicaba en Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Austria, Portugal, Brasil, Dinamarca, Argentina, México, Chile, Suecia, Noruega, Finlandia y Checoslovaquia, con tiradas que incluso alcanzaban los 100.000 ejemplares –como en el caso de la versión alemana de Deutscher Kleinbuch Verlag–. Según cuenta Álvarez Macías en su biografía de Mallorquí, en el parlamento británico un diputado laborista llegó a afirmar en 1946, viendo el éxito de Mallorquí, que el Coyote era un arma secreta de España. ¿Acaso temía que admirar por una vez a un héroe no anglosajón socavaría los principios de los lectores ingleses?
En nuestro país, por lo común tan proclive a admirar lo ajeno y denostar lo propio, el Coyote no fue menos popular. Por supuesto, dado que España siempre a contado con unos tristes índices de lectura, no se consiguieron las tiradas de Alemania, Francia o Italia, aunque en su momento de mayor aceptación (1947) llegó a vender nada más y nada menos que 60.000 ejemplares. José Mallorquí no se convirtió en un escritor multimillonario, como le habría ocurrido de nacer en Estados Unidos, pero no puede decirse que no sacara provecho. Si al empezar a publicar la serie recibía 1.000 pesetas por título, tras diversos tiras y aflojas con el editor llegó a cobrar estipendios que rondaban las 18.000 pesetas, cantidad bastante respetable si tenemos en cuenta que en aquellos tiempos los operarios más afortunados recibían un salario de 250 pesetas semanales –los peor pagados, en la industria textil, podía cobrar unas 70 pesetas–.
La magnitud del éxito de José Mallorquí con su Coyote sólo puede apreciarse adecuadamente si atendemos a sus modestos orígenes. El Coyote no nació directamente como serie regular sino como obra única inserta dentro de la colección «Novelas del Oeste», publicada entre 1943 y 1949 por Editorial Clíper, primer proyecto editor del hasta entonces distribuidor Germán Plaza –y que más tarde creará la poderosa Plaza & Janés–.
«Novelas del Oeste» tenía un tamaño algo mayor (21,5 x 15,8 cm) que el formato clásico de la novela popular de postguerra, abigarradas portadas a color del dibujante Francisco Batet e ilustraciones interiores de otros artistas, como el elegante Vicente Roso, Jesús Blasco o el mismo Batet. El texto se distribuía en dos columnas de minúscula tipografía con capitulares historiadas, a lo largo de 64 páginas.
Para sus llanos objetivos, se trataba de una colección muy bien editada en cuanto a la forma, y las narraciones que incluía no desmerecían en absoluto. Desde su primer número, El cantor de Texas, Mallorquí tomó las riendas de la colección convirtiéndose en el autor que más asiduamente escribió para ella, publicando treinta y tres novelas hasta su abandono en 1946 para dedicarse a otros proyectos. Sin embargo, al coleccionista no avisado podría pasarle desapercibida esta amplia contribución de José Mallorquí, dado que Germán Plaza, temiendo el rechazo de los lectores hacia los autores españoles de género, obligó a Mallorquí a firmar sus novelas con seudónimos anglosajones, como Leland R. Kitchell, E. Mallory Ferguson y Carter Mulford. En un principio, las únicas obras donde pudo utilizar su verdadero nombre fueron las correspondientes a los números especiales y Plaza pronto quedó desmentido en su opinión al constatar que entre ellas estaban las más vendidas, como Billy el Niño con 120.000 ejemplares. Ante la evidencia, la política editorial cambió y Mallorquí firmó como tal todas sus obras a partir del número 17 de «Novelas del Oeste», El rancho de la flecha.
Para entonces ya había publicado bajo el nombre de Carter Mulford la novela que transformaría la vida de su autor: El Coyote, apareció originalmente como número 9 de la colección «Novelas del Oeste».
El Coyote arranca con el desembarco en California, recién anexionada a la Unión tras la guerra entre México y Estados Unidos, del joven César de Echagüe, último vástago de una familia de nobles españoles afincados en Los Ángeles. César ha pasado muchos años lejos de los suyos, educándose en Méjico y Cuba –entonces aún provincia española– y le aguardan expectantes su viejo y enérgico padre, don César, y su prometida Leonor de Acevedo, a la que no ha visto desde la infancia y cuya boda ha sido concertada por ambas familias. La llegada del joven trae pronto a todos la desilusión. Desdiciendo la sobria hidalguía de los Echagüe, regresa convertido en un indolente lechuguino, un cobarde preocupado más por los perfumes y las sedas que por el honor y la justicia, tan estimados por el anciano don César. ¡Qué lejos está –se dice irritada Leonor– del gallardo Coyote, enmascarado caballero andante que soluciona a tiros los abusos de los ocupantes yanquis. Y tan diferentes son ambos hombres que nadie llega a sospechar que, cuando aparece el Coyote, nunca está presente César de Echagüe, y viceversa. Su ignorancia se sostiene hasta la noche en que el enmascarado llega herido al rancho de los Acevedo. Leonor, tan fría con César, acoge cálidamente al forajido. El sonido de su voz la llena de asombro y la sospecha se confirma cuando le arranca el antifaz: el pusilánime César es en realidad el Coyote, que desde México hacía sus incursiones en California.
Aunque José Mallorquí siempre se empecinó en negarlo, es más que evidente que en el origen de su más popular personaje hay una clara imitación del Zorro, héroe creado por Johnston McCulley, en The Curse of Capistrano (1919) –serial publicado en «All-Story Weekly»–. Las semejanzas no se limitan sólo a los nombres de cánidos que ambos héroes adoptan: como en el Zorro, las hazañas del Coyote transcurren en California, ambos son justicieros hispanos y ambos esconden su identidad tras un antifaz, mientras en su vida normal disimulan su heroísmo con una conducta frívola y medrosa. De cualquier forma, tampoco Johnston McCulley puede presumir de excesiva originalidad, pues este juego de dobles identidades ya había sido explotado con anterioridad por la Baronesa de Orczy en la serie de novelas sobre la Pimpinela Escarlata que inició en 1905. En cambio, mientras el Zorro lucha contra las arbitrariedades de los gobernantes mexicanos, el Coyote lo hace contra los expoliadores yanquis; el Zorro viste de adusto color negro y el Coyote un ostentoso traje de charro; el Zorro se sirve todavía del florete, cuando el Coyote usa ya unos eficaces revólveres Colt, adentrándose más en el género del western que su antecesor.
Según contaba el propio Mallorquí, barajó diversos nombre de animales para bautizar a su héroe antes de optar por el de Coyote. Desechó el tigre porque le recordaba a un animal traidor y sanguinario, el jaguar porque evitaba en lo posible enfrentarse con los hombres y el búho porque, aunque era apropiado como ave nocturna, su seriedad no se ajustaba con la audacia socarrona del personaje. Durante algún tiempo dudó entre el Cuervo y el Coyote, ambos seres de la noche y misteriosos, pero acabó decidiéndose por el segundo: «Es un nombre que puede sonar seco, como un martillazo, y queda como clavado en el aire. Al mismo tiempo admite el sonido suave y cariñoso. Su “y” griega puede transformarse en “elle” e incluso admite cierta semejanza a “ch”. En todos los tonos, e incluso en todos los idiomas, pues, se oiría agradablemente. Además, la palabra distingue a un animal muy simpático, muy astuto. Su aullido es como una carcajada. El coyote es un animal inteligente, al que no hay forma de destruir. Prueba de la listeza de este animal es que hoy en día hay más coyotes que hace cien años. Es un animal nocturno, burlón, con sentido irónico, que lleva a enfangarse al que le persigue. Y no mata por matar, sino por vivir.»
La esposa de Mallorquí, Leonor, fiel auxilio durante toda su vida y a la que homenajea dando su nombre a la amada del Coyote, le sugirió la idea de que el personaje no quedaba agotado en una novela única y podía protagonizar perfectamente una serie completa, aunque en su primera publicación no hubiera causado especial sensación. Estando de acuerdo José Mallorquí, llevó el proyecto a otro de sus editores habituales, Pablo Molino, que ya estaba publicando su primera serie del Oeste con protagonistas fijos, Tres hombres buenos (1942-47), en el seno de la colección de regusto pulp «Nuevos Héroes». Entre la gama de novelas populares que editaba Molino también estaba el Peter Rice, de Austin Gridley, y en su colección más lujosa literariamente, «Biblioteca Oro», contaba con cultivadores del western tan ilustres como Zane Grey o Karl May, por lo que no sintió ningún entusiasmo en implicarse en una nueva colección de tales características y rechazó la propuesta. Fue entonces cuando Mallorquí regresó con la idea a Germán Plaza, que la aceptó de inmediato.
El primer número de la colección El Coyote apareció en septiembre de 1944, y los 10.000 ejemplares de su primera edición se agotaron en un sólo día sin salir de la ciudad de Barcelona. No reproducía la novela original publicada como Carter Mulford, sino una nueva, La vuelta del Coyote, aunque la anterior sería reeditada como número 0 de los volúmenes extraordinarios.
Las novelas del Coyote, en su primera época, tenían un formato algo menor que «Novelas del Oeste» (19,7 x 14,7) y no estaban tan cuidadas formalmente como la citada colección. Contaban con la invariable presencia de Batet como portadista e ilustrador interior y el texto también estaba contenido en 64 páginas a dos columnas. Cumplido el número 120, y ya con cierto cansancio por parte de los lectores, se impuso una renovación no muy acertada que comprendió del número 121 al 194 y final, bajo el título de Nuevo Coyote. El nuevo formato de pequeña novela de bolsillo (15,5 x 10,7) y la eliminación de las ilustraciones desvirtuaron completamente el tradicional look de la colección, haciendo estos números hoy mucho menos apetecibles para los coleccionistas.
El arranque de la serie habría resultado muy poco inspirador para otro autor más convencional. Por imposición argumental de la obra autoconclusiva ya publicada, Mallorquí se enfrentaba al hecho de que muchos de los interrogantes que podrían haber mantenido la tensión en la serie a lo largo de numerosos episodios ya habían sido esclarecidos. Su amada Leonor conoce su identidad secreta y se convierte en su esposa, con lo cual, desde el primer número, el Coyote deja de ser el tópico héroe con novia eterna y sin ataduras que le impidan vagar de un lugar a otro en busca de aventuras. Pero esto desagradó muy poco al novelista barcelonés, estoy seguro. Precisamente, remontándose a la época en que se ganaba el sustento como traductor de novelas policiacas, Mallorquí solía comentar que sobre cualquier otro escritor al que hubiera vertido al castellano, su favorito era Earl Derr Biggers, el creador del detective chino Charlie Chan, en cuyas tramas novelescas cobraban a menudo mayor interés sus problemas domésticos que el puro acertijo criminal. Esto es absolutamente aplicable a las historias del Coyote. Como novelas del género son impecables y, frente a otros colegas más descuidados, Mallorquí demuestra en sus textos una cuidada labor de documentación que los hace más convincentes; sin embargo, más allá de las cabalgadas e intercambios de disparos, el protagonismo recae en los personajes, tanto principales como secundarios.
El Coyote no es un personaje momificado que permanece inalterable a lo largo de sus casi doscientas novelas. Envejece, cambia su carácter de la frivolidad inicial a una serena madurez y va cediendo poco a poco el protagonismo a una nueva generación, su hijo, verdadero héroe de muchas de sus últimas novelas. Pero no es éste el único personaje secundario que destaca con vida propia: están también Leonor de Acevedo, amantísima esposa que en más de una ocasión pone en peligro su vida para ayudar a su marido y morirá tempranamente al nacer el hijo de ambos; Guadalupe, la criada fiel que conoce la verdadera identidad del Coyote y le guarda un secreto amor durante años, hasta que, tras la muerte de Leonor, se convierte en su esposa en el episodio El diablo en Los Ángeles; Beatriz de Echagüe, hermana de César, casada con Edmons Greene, un yanqui excepcionalmente honrado que, como representante del Gobierno Federal, ayuda al Coyote a poner freno a los desmanes de sus compatriotas; el doctor García Oviedo, médico de Los Ángeles; Julián Martínez, abnegado mayordomo de los Echagüe y su más escrupuloso encubridor y ayudante del joven César... Incluso, jugando a convertir sus diversos universos literarios en uno sólo, Mallorquí hizo reaparecer a Joao da Silveira y César de Guzmán –dos de los protagonistas de Tres hombres buenos– para compartir aventuras con el Coyote. Como el Coyote, todos envejecen y algunos mueren en el transcurso de la saga, dotándola de un realismo del que carecen otras series de novelas populares.
Otro de los elementos que contribuyó no poco a la extraordinaria acogida de las novelas es la calidad estilística de Mallorquí, que en todo momento respeta a los lectores y no se rebaja a vulgarizar su forma de escribir, sino que emplea un rico castellano, accesible y fluido al tiempo, que sólo ocasionalmente se enrarece con algún amaneramiento arcaizante muy de su gusto. Yo mismo –e imagino que a otros lectores actuales les sucedería lo mismo– me sorprendí gratamente cuando leí por primera vez una de sus obras. La única referencia que poseía sobre westerns en lengua española eran las novelitas del infame Marcial La Fuente Estefanía, que en mi niñez alguna vez tomé prestadas de mi abuelo. Por fortuna,  José Mallorquí se sitúa en otro plano más elevado; Mallorquí es ante todo un escritor que maneja con cariño palabras y trama, y en nada le influye el formato «popular» de sus obras, una circunstancia comercial que no ejerce en él fuerza deformante. Es cierto que sus historias tienen un componente folletinesco –en la acepción peyorativa de la palabra–, pero contemplado más a la europea, con influencias de Dumas, Blasco Ibáñez o Galdós, que al modo de los pulps superheroicos norteamericanos, traducidos por él mismo en su juventud –la versión española de la primera entrega de La Sombra es suya, por ejemplo–.
Pero, sin duda, la principal aportación de Mallorquí fue la hispanización del western. Mientras otros escritores se conformaban con calcar los patrones foráneos, José Mallorquí rescató de la historia el importante papel de España en la colonización del sur de los actuales Estados Unidos, un empeño que inició ya con Tres hombres buenos. Por supuesto en esta postura no es ajeno el clima ideológico de la época –estamos hablando de la postguerra, con el fascismo vencedor–, de enaltecer los valores patrios y de la España Imperial. Las complejas circunstancias familiares que vivió en su infancia y los desmanes que observó durante la guerra le transformaron de entusiasta republicano en conservador, aunque más a un nivel cotidiano que político, asunto en el que siempre se situó al margen con abierto desagrado. Mallorquí no perderá oportunidad en sus novelas para elogiar a la familia y los valores tradicionales, con algún gusto por el paternalismo autoritario. Para el escritor, los militares yanquis son en su mayoría caballeros que saben respetar con decoro la dignidad del vencido y aun admiran sus costumbres y sentido del honor; en cambio los comerciantes y empresarios sólo los contempla como carroñeros llegados del norte para esquilmar con males artes a los californianos. Todo esto, a la luz de las circunstancias históricas en que se escribieron, no puede esgrimirse como un reproche, pues en modo alguno lastra sus narraciones, concebidas en todo momento como producto ameno y no como prédica.
En 1947, como hemos dicho momento álgido de la serie, Ediciones Clíper decidió explotar al máximo su popularidad y lanzó a los quioscos una revista de cómics también titulada «El Coyote», que comprendió 189 números en su primera serie, más otros catorce de una segunda, que se inició en 1954. Desde luego el justiciero californiano era la estrella de la publicación, pero contuvo además la versión en viñetas de otros héroes literarios de la casa, como El Encapuchado, de G. L. Hipkiss, Mc Larry, de H. C. Granch, El Corsario Azul, de J. León, o Jíbaro Vargas, del mismo Mallorquí, tomando forma en los lápices de ilustradores habituales de las novelas como Hidalgo, Darnís, Roso o Blasco. El dibujante del Coyote fue, cómo no, Francisco Batet, que no dejará al personaje hasta el número 128 de la revista, al tiempo que abandonaba España para proseguir su carrera artística en el extranjero. Mención aparte merece, como adelanto de lo que sería su personaje de ciencia ficción Pablo Rido, la serie titulada Jinete del espacio, con guión de Mallorquí y dibujos de Francisco Darnís –después muy conocido por El Jabato–.
El cómic no fue el único medio al que se tradujo el Coyote. Se hicieron juguetes, un corrido mejicano titulado El jinete enmascarado y hasta cigarros puros con las marcas «Don César» y «Don Goyo». También se representaron dos dramas teatrales, La justicia del  Coyote, de J. Cabezas, y El Coyote en Sacramento, de J. Tellez Moreno, más una parodia musical de Celia Gámez, La guarida del Coyote. Dos fueron las películas que adaptaron al personaje de José Mallorquí, El Coyote y La justicia del Coyote, ambas de producción hispana y rodadas al unísono en 1954. La dirección recayó sobre Joaquín Romero Marchent, con el casposo Jesús Franco como ayudante, y su protagonista fue el mexicano Abel Salazar, acompañado en el reparto por Gloria Marín, Manuel Monroy, Rafael Bardem, Santiago Rivero y Miguel Pastor Mata. No he podido ver ninguna de las dos, pero a juzgar por todos sus comentaristas se trata de productos mediocres sin demasiado interés.
Una tercera película, El vengador de California (1963), escrita por Mallorquí, no cuenta la historia de César de Echagüe, pero sigue la línea de los personajes estilo Zorro/Coyote. En este caso su protagonista, el enlutado León, se enfrenta al gobernador de California para defender los derechos de los rancheros. Dirigida por Mario Caiano, estuvo interpretada por María Luz Galicia, Fernando Casanova, Julia Rubini, Mario Feliciani y el habitual de los westerns rodados en España, Fernando Sancho.
Pero donde más éxito adquirió el Coyote fuera del ámbito novelístico fue, sin ninguna duda, a través de las ondas. Su serial radiofónico para la SER tuvo más de cien episodios, con Vicente Mullor en el papel del Coyote, y escritos por Mallorquí, que cuando la novela popular de aventuras empezó a entrar en decadencia abandonó Barcelona y se instaló en Madrid, dedicándose de pleno al guión y dirección radiofónicos desde 1954.
Hoy llegan hasta nosotros noticias de una nueva versión cinematográfica del personaje, con José Coronado en el papel del justiciero enmascarado y el hijo de José Mallorquí, César, como guionista. Tal vez esto sirva para revitalizar la figura de uno de los más brillantes autores populares en España y para que algún estudioso empiece a interesarse en investigar la historia de la novela de aventuras de postguerra. Falta hace.
 

Bibliografía consultada:
Aguilar, Carlos, Guía del vídeo-cine. Ediciones Cátedra. Madrid, 1990.
Álvarez Macías, Juan Francisco, La novela popular en España: José Mallorquí. Publicaciones de la Universidad de Sevilla. Sevilla, 1972.
Barea, Pedro, La estirpe de Sautier. El País / Aguilar. Madrid, 1994.
Martí Gómez, José, La España del estraperlo (1936-1952). Ed. Planeta. Barcelona, 1995.
Vázquez de Parga, Salvador, Los cómics del franquismo. Ed. Planeta. Barcelona, 1980.

José Mallorquí. Bibliografía.

Novelas independientes:
– El ídolo azteca. Barcelona, 1942.
– El Valle del Olvido. Barcelona, 1942.
– El misterio de los guantes negros. Barcelona, 1943.
– El misterio del hermano fantasma. Barcelona, 1943.
– Se necesita una baronesa. Barcelona, 1943.
– El primer fracaso del comisario Barrow. Barcelona, 1943.
– El despertar de la Cenicienta. Barcelona, 1943.
– El misterio de los tres suicidas. Barcelona, 1944.
– La travesía del Audaz. Barcelona, 1944.
– Candidato al crimen. Barcelona, 1945.

Series:
– La novela deportiva. 45 novelas. Buenos Aires, 1939-41.
– Historia y leyenda. 11 biografías. Buenos Aires, 1940-41.
– La novela deportiva. Nueva serie. 12 novelas. Barcelona, 1942-45.
– Tres hombres buenos. 14 novelas. Barcelona, 1942-47.
– Duke. 10 novelas. Barcelona, 1943-1946.
– Novelas del Oeste. 33 novelas. Barcelona, 1943-46.
– El Coyote. 194 novelas más 7 números extraordinaros. Barcelona, 1944-53.
– Pueblos del Oeste. 8 novelas. Barcelona, 1949-50.
– Jíbaro. 12 novelas. 1951-52.
– Futuro. 34 números. 1953-54.
– Dos hombres buenos. Madrid, 1955-61.
– Los Bustamantes. Madrid, ¿hacia 1961?
– Lorena Harding. Madrid, ¿hacia 1964?